Cuando yo tenía 7 años me levantaba sobre las 8 de la mañana, iba a comprar el pan, desayunaba mientras mi mamá me preparaba el bocadillo. Me iba solito al colegio que estaba a más de quilómetro y medio de casa, en la otra parte del pueblo. Si cuando llegaba aún no habían abierto jugaba a fútbol en el descampado más próximo. Entraba en la escuela a las 9 y salía a las 12. Jugaba por las calles de camino a casa para comer. Por la tarde procuraba salir de casa pronto para llegar lo antes posible al colegio para jugar a fútbol antes de que abrieran. A las cinco iba rápido a casa, cogía la merienda y salía disparado a jugar por las calles, a lo que fuera, hasta que se hiciera de noche. Entonces no había cambios horarios y anochecía más tarde en invierno. En cuanto oscurecía volvía a casa, repasaba las lecciones o terminaba los deberes mientras mi mamá escuchaba por la radio "La novela La Lechera", cenaba y a la cama. Al otro día lo mismo. Los sábados, domingos y festivos no íbamos a ningún sitio, en la Vespa de papá no cabíamos los cinco. Así que los partidos de fútbol en el descampado o las expediciones hacia zonas inexploradas de la localidad o del término municipal eran interminables. Acabábamos rendidos.
Hoy hay niños en mi cole que llegan allí a las 7 de la mañana y salen a las 8 de la tarde. Eso son 13 horas de colegio cada día. Hemos avanzado un montón.
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