Un abrazo al doctor Montes.

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Es lo que haría si le viera por la calle y me lo permitiera: le daría un abrazo, como pequeña compensación al calvario que le han hecho ascender cargado con la cruz de la calumnia una manada de fundamentalistas bíblicos.

A mi edad he visto morir a demasiadas personas, algunas muy cercanas y muy queridas y, en todos los casos, he abominado del dolor y del sufrimiento padecido. Un dolor y un sufrimiento que en muchos casos puede paliarse y evitarse con los recursos que hoy en día tiene la medicina.

No veo por ningún lado la necesidad de morir, cuando no hay más remedio que morir, padeciendo en exceso, sufriendo como un animal abandonado a su suerte, soportando lo insoportable.

En los casos que he vivido se sabía, todos lo sabían, que el final al proceso era la ineludible muerte y en alguno de ellos el enfermo fue mantenido largo tiempo en estado lamentable del que no había recuperación posible para, al final, morir.

Si alguna vez me encuentro en ese estado, mi decisión es clara: no quiero malvivir unas semanas, unos días, unos meses. No deseo purgar pecados, ni sublimar padecimientos, ni esperar milagros que nunca se producen, quiero morir sin ver durante días a mi seres queridos tristes compadeciéndose de mí y sufriendo por mi sufrimiento. 

Quiero que me atienda alguien como el doctor Montes. Y a los fundamentalistas bíblicos les deseo lo mismo, aunque ellos lo tienen de pago, como el aborto en otros países o la disolución matrimonial por la Rota. Quizá sea por eso por lo que se empeñan tanto en condenar a la plebe al infierno en vida o la minva de derechos, porque a ellos les da lo mismo. Practican La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza predicadas por San José Maria. Y se creen buenos. Menos mal que el papa les ha quitado el infierno del camino.

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